Me encontraba en el cementerio, donde los muertos reposan, a las afueras de la ciudad. El viento empujaba una corriente de aire frío, arrastrando las hojas caídas del otoño. Tan solo el rumor de fondo de la ciudad interrumpía el fúnebre silencio. En la entrada, una oxidada verja cuidaba de los cuerpos que en su interior descansaban… Algunos de ellos llevaban incluso siglos allí metidos. El más reciente, anteayer. Un joven que había bebido demasiado durante una fiesta y luego había cogido el coche. Mala combinación. Las flores estaban frescas, y la tierra donde había sido enterrado, aún estaba removida. No parecía haber nadie honrando a los muertos. Yo tan solo pasaba por ahí durante una travesía en bicicleta, pero algo me obligaba a entrar. Quizás era la obligación de prestarle mis respetos a los que ya no estaban… o quizás sólo era curiosidad. Las lápidas estaban bastante deterioradas, cómo si hiciesen años que nadie se preocupaba en limpiarlas. Me llamó la atención la figura de un ángel. Estaba reposada en el suelo, llorando y alzando la vista al cielo, mientras sus manos se unían como con la intención de llorar. Me acerqué para saber a quien se le honraba con tal bella escultura. Por lo visto era una niña llamada María que había vivido durante el principio del siglo XX y había muerto a la tierna edad de 7 años. Una foto muy antigua acompañaba su esquela, en la que su familia aseguraba que nunca la olvidaría( a juzgar por el estado de la tumba, mentían). Era una pequeña de cabellos claros y rizados. De repente, mientras me cuestionaba cómo había fallecido, un ruido rompió la serenidad del mortuorio escenario. Me dí la vuelta y vi a una señora, quizás una jubilada, que caminaba torpemente y portaba colgando de sus manos un ramos de lirios. En un momento se le cayeron las gafas, y las pisó reventando los cristales, aunque no le parecía importar. Seguía caminando, como si careciese de un rumbo concreto. Se topó con una pared, golpeó contra ella y se dio la vuelta. Se dirigía hacia mí. Yo me levanté con la intención de preguntarle si estaba bien, pero cuando estaba caminando hacia la mujer, vehementemente me atacó. Parecía pretender morderme. La aparté de una patada, y pude ver, mientras estaba en el suelo, como su cara estaba ensangrentada y su su pómulo izquierdo herido. Como si hubiese sido victima de las fauces de un animal. Luego escuché otro sonido. Cuatro personas que caminaban exactamente igual que la señora a la que acababa de abatir se acercaban hacia mí. Decidí coger la bicicleta e irme por patas. Cuando llegué a la ciudad el panorama era desolador. Había cientos de personas muertas por el suelo, casas incendiadas, gente corriendo, ambulancias por todos los lados… El estruendo de las sirenas, tanto de bomberos como de ambulancias y de la policía, sólo era superado por el ruido de las balas. Por que había disparos. La policía les disparaba al corazón y a otros órganos vitales, pero no caían…. Un autobús arrolló a un grupo de policías que estaba concentrado en abatir a un grupo de personas que recibían estoicamente las balas. Yo me quise desentender del tema y me fui. Me fui a dar un gran paseo en bicicleta.